Granada por una Nueva Cultura del Territorio

La revolución desde ahora

Federico Velázquez de Castro. Presidente de la Asociación Española de Educación Ambiental

Sábado 28 de noviembre de 2015 por Veguita de Graná

Federico Velázquez sostiene en este artículo que en la lucha contra el capitalismo actual no debe olvidarse la vía cultural, para ir abriendo caminos y esperanzas. Frente a la cultura de la opulencia y el despilfarro Federico propone la cultura de lo sencillo. Porque no hay otra salida para que la humanidad pueda sobrevivir que reducir el consumo de bienes materiales. En esos cambios necesarios se necesita del protagonismo de las personas y los pueblos y los cambios personales desde ahora, que deben significar nuevas relaciones consigo mismo, con los demás y con la naturaleza. Es el momento de una valiente revolución cultural dice Federico, que finaliza su artículo afirmando que aparte de los cambios personales se necesita la acción política, combinar la acción con la reflexión y encontrar espacios interiores, que nos hagan más plenos y más próximos, y desde donde se pueda salir con valor y coraje hacia la transformación social.

Federico Velázquez de Castro. Presidente de la Asociación Española de medio Ambiente

Hay sobrados motivos para apostar por una nueva sociedad. Si el capitalismo, en sus inicios, se reveló como un sistema dinámico e impulsor de una economía productiva, sus méritos quedaron pronto eclipsados por la realidad que lo sostenía: la explotación de las personas, cuya fuerza de trabajo quedaba reducida a mercancía y sin participación en la gestión de sus procesos. La naturaleza corría una suerte similar como fuente “inagotable” de recursos a extraer y de residuos a descartar.

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El capitalismo pronto se mostró explotador de seres humanos y naturaleza. Hoy incluso ha cam su carácter productivo en especulativo

Con el tiempo, el modelo capitalista fue cambiando de forma, transformando su carácter productivo en especulativo, y ampliando la brecha entre enriquecidos y empobrecidos. Las crisis mostraron con más crudeza su rostro y, a lo ancho de todo el planeta, fueron miles los perseguidos por defender la justicia ya que, en su afán por extender su codicia, derribaron gobiernos e intervinieron en todos los lugares donde podían obtener beneficio.

La lucha cultural es imprescindible

Si bien la lucha política (toda lucha lo es) debe continuar a través de las organizaciones que defienden los intereses de los pueblos, una vía que no debe olvidarse es la lucha cultural, la que concierne a los valores, a la capacidad de elección y a la forma de vida y relaciones de las personas. Porque toda revolución (término al que no estamos dispuestos a renunciar) debe construirse sobre bases personales y comunitarias.

Y como el mejor revulsivo frente a la cultura de la opulencia, la superficialidad y el despilfarro, que pretende convertir la población en eternos adolescentes, se ha propuesto la cultura de lo sencillo, que, en un contexto propicio, favorece el desarrollo personal. La lucha cultural es imprescindible porque el sistema nos ha imbuido la suya, en orden a seducir mejor a las gentes al gasto ilimitado, generador de beneficios para unos pocos y de sufrimiento e infelicidad para la mayoría del planeta.

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Hay que cambiar la cultura de la opulencia por la de lo sencillo

Para que la humanidad pueda sobrevivir hay que reducir el consumo La primera propuesta para la vida sencilla pasa, pues, por reducir el consumo: los bienes materiales deben reducirse a los necesarios, porque los recursos naturales no son ilimitados; y también por nuestra libertad, porque se puede ser mucho sin tener mucho, y lo material encadena. Se podría pensar que una sociedad así pondría la estructura actual patas arriba, eliminando empleos. Mas, no hay otra salida para que la humanidad pueda sobrevivir, albergando una población creciente: el trabajo y los recursos deben compartirse. Es posible vivir dignamente y satisfacer todas las necesidades con jornadas de 4 horas, pero esto no será viable en el seno de una sociedad ambiciosa y desigual, sino dentro de unos parámetros de justicia y sostenibilidad.

Todo debe comenzar por una conversión del corazón hacia valores que nos hagan mejores y nos acerquen fraternalmente a los demás. Bondad, honestidad o respeto hacia todo ser vivo pueden ser algunas de las actitudes imprescindibles para un nuevo marco social. El cambio debe transcurrir paralelo entre lo personal y lo colectivo.

El protagonismo de las personas (y los pueblos) es indispensable

Y en esta dimensión hay que perder el miedo a organizarse, a constituir asociaciones e integrarse activamente en ellas, porque unidos somos más fuertes, aprendemos mutuamente, nos sostenemos y damos mayor amplitud a nuestra voz. En la organización aprendemos a convivir como lo haríamos en el nuevo modelo, compartiendo fraternalmente hacia el objetivo común.

El protagonismo de las personas (y de los pueblos) es indispensable. El sistema quiere reducirnos a gente “anónima”, consumidores, votantes…, que miran lo que los políticos o famosos hacen o dicen, sin que quede otra opción que la de espectador. Pero esto también tiene que cambiar. Las personas no son anónimas, tienen su nombre y rostro, y sólo se realizan plenamente cuando participan y deciden. Los pueblos están llamados a ser protagonistas, y es a ellos a los que pertenece la historia, no a los napoleones ni los césares. La autogestión es un objetivo irrenunciable: como trabajador, como ciudadano, como vecino, las personas deben decidir, y las luchas sindicales no deberían terminar con la subida del salario, sino con la gestión directa por parte de los trabajadores. A ellos pertenecen verdaderamente las empresas.

Se puede ser hombre o mujer “nuevo” desde ahora

Se ha dicho que un revolucionario debía sacrificar su vida en aras de una sociedad futura, con hombres nuevos y presupuestos emancipadores. Mas, hoy sabemos que se puede ser hombre o mujer “nuevo” desde ahora. Es decir, viviendo de tal manera que con su estilo alumbre el nuevo modelo en el que esperamos. Para ello deben surgir nuevas relaciones consigo mismo, con los demás y con la naturaleza. Y estas relaciones han de venir movidas por el respeto y el amor.

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Tenemos que vivir de otra manera

Vivir de manera digna y coherente debe constituir una profunda forma de satisfacción. Vivir con sabiduría, sentido crítico, gozo en el encuentro y el servicio, creatividad cultural…, son formas necesarias de desarrollo personal, a compartir con los más próximos. Pero la reflexión debe movilizar el compromiso, que comienza con las pequeñas acciones cotidianas y que, aunque parezcan insignificantes, van urdiendo una trama de gestos y estilos que, silenciosamente, pueden ir modificando hábitos, y preparando nuevos marcos de relaciones y convivencia. Es importante ser conscientes de este tesoro interior, porque las murallas externas son elevadas, pero se mantienen solo por la indiferencia de muchos.

Hemos citado un término no siempre bien entendido –la sabiduría- que nos parece necesario para esta nueva visión. No podemos permitirnos síndromes como el del “quemado”, por volcarse desequilibradamente hacia el exterior. Hay que estar en paz con el propio corazón, la casa interior, cuya energía es inagotable siempre que las conexiones sean las adecuadas. Vivir de forma diferente comienza con la atención plena, la apertura al presente, la gratitud hacia todo y el disfrute a través de una vida consciente y sosegada, caminando con tranquilidad por nuestros senderos. Las prácticas de respiración, meditación o contemplación ayudan a afianzar la consciencia, punto de partida para todo encuentro y acción eficaz.

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Hay que organizarse. El protagonismo deben tenerlo las pesrsonas y los pueblos

Si tú cambias el mundo cambia, pero es necesaria la acción política Se afirma, a veces, que si tú cambias, el mundo cambia. Quizás sea condición necesaria, pero no suficiente. La acción política, desde presupuestos éticos y no violentos, es imprescindible para avanzar en lo social, referente dialéctico indispensable con el compromiso personal. El enemigo es poderoso, no son gobiernos, sino poderes económicos y estratégicos que estrangulan el mundo para beneficio de unos pocos. Naturalmente, tal planteamiento es insostenible y la realidad será nuestra aliada, pues mostrará los despropósitos del sistema una y otra vez… Posiblemente el cambio exterior llevará tiempo, pero con una decidida revolución interior, los plazos pueden sustancialmente acortarse. Es el momento de una valiente revolución cultural a la que todos estamos llamados, pues sin ella, los cambios económicos, políticos o tecnológicos tienen un horizonte muy restringido. A través de la cultura, entendida como una forma de entendernos a nosotros mismos, el mundo y la naturaleza, se pueden ir abriendo caminos y esperanzas.

Nada está perdido. Hoy, que se respiran aires de cambio, se nos recuerda que las posibilidades son enormes. Pero sin un cambio mantenido en las conciencias, puede quedar todo en la superficie. Hay que dar pasos adelante, salirse de los caminos marcados, utilizar la imaginación…, siempre dentro de la dialéctica personal/comunitaria, mediante la que crecemos, nos educamos mutuamente, avanzamos hacia nuevas realidades y siempre sabremos replegarnos hacia una individualidad habitada y compartida. Acción sin reflexión es activismo, y lo contrario, pura teoría. Hay que encontrar espacios interiores, que nos hagan más plenos y más próximos, y desde donde se pueda salir con valor y coraje hacia la transformación social.


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