Granada por una Nueva Cultura del Territorio

Miguel: "¡Con que frialdad arrancaban los árboles de cuajo para construir la autovía!". Mª Ángeles: "Aún nos queda el ’rinconcillo’”

Entrevista a Miguel Vílchez y Mª Ángeles Espinar de la Vega del Cañaveral -I-

Martes 2 de julio de 2013 por Veguita de Graná

Miguel y Mª Ángeles desgranan aquí sus vivencias de huerta, de la Vega en todo su esplendor. Hasta que apareció la circunvalación de Granada destruyendo gran parte de la huerta. “Aún nos queda el rinconcillo!”, le decía Mª Ángeles a Miguel para consolarlo. Ahora, el Alcalde de Granada y su ferial, amenazan ese pequeño espacio. Es ésta la primera parte de una entrevista-reportaje. “Cuadernos campesinos. Diálogos con la Vega” quiere con éste y otros documentos, llevar el alma de la Vega a nuestros lectores. Para que lo sepamos; a pesar de la que está cayendo, existe otra mirada, otra forma de ver las cosas, otra forma de funcionar las personas en el territorio. ¡Que os aproveche!

Conocimos a Miguel y Mari Ángeles cuando el Alcalde de Granada, con su ferial a cuestas, quería destruir la Vega del Cañaveral. Ya lo intentó antes con las Huertas, pero no pudo. Los propietarios de tierras de aquella zona acudieron a Salvemos la Vega para pedir apoyo. A partir de aquella relación la huerta de Miguel y Mª Ángeles se convirtió en un referente de la Vega de Granada. Allí se celebran los días del caqui, de las habas y otros muchos eventos, y por allí han pasado alumnos de distintos centros que trabajan con Vega Educa, alumnos de cursos impartidos por, entre otros, GRAECO y universitarios ligados a proyectos cono Plan Pais y Pago. Por otra parte Miguel y Mª Ángeles comercializan sus caquis ecológicos a través del Vergel de la Vega, Asociación de Productores Ecológicos de Granada y otros. Nosotros queremos llevar a nuestros lectores las vivencias de esta pareja profundamente enamorada de la Vega de Granada.

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Mª Ángeles y Miguel bajo la morera de inmensas moras que hay en su huerta

Reportaje Paco Cáceres

Vivencias de Vega

Miguel: He nacido, me he criado, he jugado y he vivido siempre en la Vega y he sido muy feliz en ella. Recuerdo esa Vega de niño como muy exuberante, en ella se cultivaban unos productos increíbles. Además, todos eran ecológicos, porque como había tanto ganado se podían estercolar los campos. Una imagen infantil que guardo son esas pilas grandes de tomates, pimientos, pepinos, calabacines.. Entonces la Vega llegaba hasta el Carril del Picón. Para que te hagas una idea; los Maristas se quedaban lindando con la Vega. Teníamos una huerta grande que compró mi abuelo, unos 140 marjales (9 o 10 hectáreas). Sembrábamos muchas hortalizas. Para que veáis su importancia económica, teníamos siete trabajadores fijos, después, en verano, cuando se sacaban las papas o la remolacha trabajaban muchas más personas de forma eventual. Teníamos un capataz. Además, también había tres personas fijas trabajando con el ganado.

Mª Ángeles. Yo me vine a la huerta en los años sesenta, cuando nos casamos, llevo unos 47 años en la Vega. Recuerdo que en la puerta de las cuadras había una pila de estiércol enorme de nuestro propio ganado. La huerta siempre iba unida a la ganadería. También recuerdo a la abuela de Miguel, cuando murió el padre de Miguel, pagando diariamente a los trabajadores... La huerta era preciosa. Empezaba en la esquina del colegio de los Agustinos.

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Foto antigua; cuando agricultura y ganadería se combinaban en la huerta

Miguel: Todo se llevaba al mercado de abastos, que estaba donde está ahora Ciencias. Todos los días íbamos con un carro tirado por mulos con todos los avíos que necesitaban para transportar los productos de la huerta. Lo preparábamos en banastos. Todo esto que cuento sucedía hasta principios de los años 60 del pasado siglo. En aquel tiempo no comprábamos las semillas, los agricultores hacían una selección año tras año de las mejores. No hacía falta comprarlas.

La acequia que regaba esto era la del Jaque y venía del Beiro. Más para allá de los Agustinos abríamos la compuerta y venía para acá por el callejón de las Vacas.

Aquí arrancaron caquis, albaricoques, membrillos, ciruelos... ¡Y con que frialdad lo hacían!

Todo este paraíso que nos narran Miguel y Mª Ángeles se rompe con la construcción de la circunvalación. Aquello se vivió como una tragedia. Nada más empezar entubaron la acequia. A mí me iban a cortar el agua con la obra. El ingeniero quería tapar el riego. Ni sabía que por allí iba la acequia para regar todas estas tierras. Si no llego a estar presente, todo lo hubieran enterrado en cemento. Ese proceder que nos cuenta Miguel no es historia pasada. Hace pocos años la concejala de agricultura de Pinos Puente nos narraba que la construcción de la carretera de Córdoba supuso el corte de caminos que impedía el acceso de agricultores a su finca, la destrucción de acequias y canales históricos. Cuando esta representante municipal le pedía explicaciones al ingeniero de obra acerca de la destrucción de un espacio protegido de extraordinario valor productivo y ambiental, la respuesta fue; “nadie nos dijo que aquí hubiera una vega, y menos, protegida”. La historia siempre es la misma; unas infraestructuras avasalladoras presentadas como imprescindible símbolo del progreso, y frente a ellas una agricultura, símbolo del atraso del pasado que hay que enterrar cuanto antes. También la concejala citada recurrió a Salvemos la Vega, ya que ante tanto atropello, a los agricultores de Pinos Puente no le daban ni soluciones ni tan siquiera indemnizaciones.

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Muchsa veces no es el arranque de árboles, es la frialdad, cuando no la saña, con la que se hace

Miguel: Cuando dijeron de expropiarnos fue matarme. Además, era por vía urgente, no podías ni apelar ni nada. La indefensión total. Fue terrible. Cuando veías las máquinas arrancar de cuajo los árboles que tanto me costó sacarlos adelante... Estoy seguro que en el acuífero hay más de una gota de sudor mía, porque, ¡cuánto he sudado yo en este campo! ¡Y ver aquello! Fue horrible, aquí arrancaron caquis, albaricoques, ciruelos, membrillos... ¡Y con qué frialdad lo hacían! Miguel y Mª Ángeles rememorarn los hechos palabra a palabra, con silencios eternos que te golpean en lo más profundo. Por su mente parece abrirse la herida de los horrores vividos en aquellos días. Las máquinas no tienen corazón, pero quienes las conducían parecían tener menos aún. Me acordé de hechos parecidos presenciados por mí y cómo se actuaba con saña, ya no era arrancar, ya era hacer el mayor daño posible, disfrutando con ello. En la huerta de Miguel y Mª Ángeles había dos actores, el poderoso, el de la sartén por el mango, sin sentimiento alguno, llamado a poner el estandarte del progreso en forma de cemento y alquitrán en aquella huerta, y los débiles, los que presenciaban los hechos, sin poder recurrir siquiera, mientras destruían muchos años de trabajo, de mimar unos árboles a los que veían crecer centímetro a centímetro.

¡Quieren quitar un árbol y plantar una noria!

Mª Ángeles: ¡Y por si era poco, ahora quieren quitarnos la huerta que nos queda para poner el ferial

Miguel:Quieren quitar un árbol y plantar una noria. Es increíble. Sí, es increíble. Leo que este Alcalde es hijo de terratenientes, y mi pregunta es inevitable; con tanta tierra ¿cómo es posible que no haya aprendido nada de ella?, no habla ni una vez de la Vega si no es para amenazarla. Comparo a Miguel que tanto ha aprendido de la tierra con el Alcalde de Granada, que tanto la desprecia.¡Menudo negocio! Quieren cementar una tierra que por los siglos de los siglos siempre dio y dará de comer para poner unos columpios y casetas que funcionarán siete de los trescientos sesenta y cinco días del año..

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La huerta con caquis y habas

Para consolar a Miguel le decía; “fíjate, nos han dejado un rinconcillo”

Mari Ángeles: Lo de la circunvalación nos afectó a la salud. Yo estaba triste, porque veías que la grandeza y la alegría de la Vega la estaban arrancando como si no valiera nada, pero Miguel estaba peor y yo sacaba fuerzas de donde podía e intentaba consolarlo diciéndole; “fíjate, nos han dejado el rinconcillo”, porque de toda la huerta, sólo nos han dejado eso, un rinconcillo. En ese rinconcillo, que era lo más alejado de la huerta, nos íbamos de merendicas, y ahora era lo único que nos quedaba. Y así quería consolar a Miguel; “nos queda el rinconcillo”.

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Cuando Torres Hurtado quiso destruir el Cañaveral, la zona se llenó de pintadas de protesta

Miguel; Por eso, cuando han venido con lo del ferial en busca del rinconcillo que nos queda... ¡Hasta el rinconcillo nos quieren quitar! Al escuchar estas vivencias que cuentan Miguel y Mª Ángeles comprendo mucho mejor lo que ha supuesto para estos amigos encontrar el calor de Salvemos la Vega, Vega Educa, el Vergel, la Vega es Vida, la Asociación de Productores Ecológicos... Ha sido como juntar, entrelazar esos sentimientos de vega, esos ojos que tienen la misma mirada. Como decimos a veces, formamos una amplia familia que nos damos calor, que nos transmitimos energía, alegría y ganas de luchar para defender esta vega de la barbarie económica y política que nos gobierna.

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La lucha en defensa de la Vega sirvió para unir leyendas de ésta. En la foto, de izquierda a derecha; Antonio Navarro (El Pitres), Antonio Hurtado (El NIñillo), Mari Angeles y Miguel

Esta primera parte de la entrevista a Miguel y Mª Ángeles nos ha narrado las primeras vivencias de la huerta y la tragedia que supuso el destruir una gran parte de ella. La segunda parte dibujará la esperanza y el futuro; que vienen de la mano de la relación actual de nuestros personajes con la huerta, el cultivo de los caquis, la relación con el movimiento en defensa de la Vega...

Próxima entrega:

La Vega; el futuro, la esperanza

Miguel: La vega siempre te transmite algo. Hay que escucharla. Mis raíces y las de los árboles están mezcladas; si arrancan las de éstos, me arrancan a mí también.

Mª Ángeles: Cuando experimento con los productos de huerta en la cocina siento que todos los sentidos se ponen en marcha y que aprovechamos al máximo todo lo que nos da la tierra que cultivamos.


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