Granada por una Nueva Cultura del Territorio

Compra lo cercano: te alimenta y crea paisaje, economía y servicios ambientales en tu territorio

Paco Cáceres. Salvemos la Vega/CODEAVE

Miércoles 3 de octubre de 2012 por Veguita de Graná

Los alimentos agrarios se ven hoy como una meercancia más que se compra con dinero. El autor de este artículo sostiene que hay que adquirir productos cercanos y humanizar las relaciones productor-consumidor. Con ello defendemos el territorio, creamos economía, sostenemos el paisaje y podremos disfrutar de servicios ambientales.
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Productores y consumidores del Vergel de la Vega en un encuentro

Paco Cáceres. Salvemos la Vega/CODEAVE

En el comercio actual los alimentos agrícolas son una mercancía más; compras y vendes sin más. Son productos mudos. Ni sabemos ni queremos saber de dónde vienen, cuántos kilómetros recorrieron para llegar a nosotros, si son ecológicos o no... Compras un tomate como puedes comprar unos tornillos o un champú. No hay nada que nos una a ellos. Sin embargo, es mi experiencia personal, cuando consumo productos cercanos de amigos de la Vega o Dúrcal; además de nutrientes de calidad ecológica, llevan afecto, historia, paisaje de vega o del Valle y amor, mucho amor al cultivarlos. Además, al consumirlos, yo le pongo agradecimiento y emoción y, claro está; el alimento, alimenta cuerpo y alma produciéndome bienestar y bienser. Son productos que miro con otros ojos, que me hablan, que tienen memoria y te dicen de dónde vienen y quién los cultivó. No son una mercancía anónima ni huérfana. En este sentido corroboro lo que leí en un artículo; “comer es mucho más que alimentarse”.

Hurgando en mis entrañas

Esta forma de relacionarme con los cultivos me recuerda mi época de niño-adolescente. Mi tío Manuel venía a Loja desde Zagra con cestas que dependiendo de la época llevaban higos, granadas, pan de higo, melones de colgar o productos de la matanza. En un rincón de mi casa se formaba un mini paisaje zagreño con colores, olores, historia... Cada vez que lo veía o saboreaba tenía la imagen de mi tío presente y su entrega y diálogo callado con la tierra. Siento que me dé cuenta de la fuerza relacional y humana que tenía ese hecho ahora; cuando yo soy mayor y no puedo poner en común con mi tío y mi madre (hermanos) ya fallecidos este sentimiento profundo. Al igual que yo, mis palabras se quedaron huérfanas. Afortunadamente guardé en mí, sin saber, estas vivencias que ahora asoman dándome fuerzas y argumentos en mis luchas vegueras.

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¡A los ricos higos...! ¡Y pan!

Y ya que vuelo a mi niñez, dejo abiertas las alas infantiles. Hurgar en mis entrañas me arraiga y me da luz y sabiduría. Época de escasez, eran los tiempos del hoyo de pan con aceite, poco más que llevarse a la boca. ¡Y agradecidos! Otros tenían menos. Recuerdo el respeto con el que mirabas el pan, el misterio que le rodeaba. Era vida. Por eso, a veces aun sin ganas, te comías el hoyo entero. ¿Cómo tirar un cachillo de pan? “Acuérdate de los que pasan hambre”, me recordaba mi madre. Todavía en aquella España había hambrientos, como los sigue habiendo en el mundo y los puede haber ahora aquí con el zarpazo cruel de este capitalismo salvaje que nos atenaza. Pero si a pesar de un rato de dudas te decidías a desprenderte del cachillo de pan, antes le dabas un beso y te santiguabas. Era un acto casi sagrado que te lavaba un poco tu conciencia de niño y te permitía seguir jugando con los amigos tranquilamente.

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Un hombre cuelga melones de invierno

En esos tiempos tenía sentido la bendición de la mesa en algunos comedores y hogares antes de comer. Daban gracias a dios por los alimentos recibidos. Comer era un lujo. Eso me hace pensar; dejemos de lado el contenido religioso. ¿No podría reconvertirse esto en un acto reflexivo de humildad y una señal de agradecimiento a la tierra, al agua, al sol, a las semillas, a la propia agricultura, que son capaces de producir lo que necesitamos, lo imprescindible, para seguir viviendo? Hoy la soberbia nos ciega y damos gracias al dinero por los alimentos que tomamos. Recuerdo a un maestro panzista que me decía ufano “Mi dios es la caja de ahorros a fin de mes que me paga”.

Humanizar las relaciones productor-consumidor

Alguien puede pensar que expreso sentimientos individuales. Afortunadamente somos muchas personas las que sentimos así. Es más, experiencias con canales cortos de comercialización buscan estrechar relaciones entre productores y consumidores. La familia Hevilla, de Coín (Málaga), que produce alimentos ecológicos envía cada semana un mensaje de correo electrónico a sus clientes explicándoles la vida campesina, qué labores hacen, anécdotas, recetas...(1) Es el mejor envoltorio que pueden tener sus productos. Van por mercadillos de pueblos de Málaga, pero también venden en la finca y su reclamo es “La familia Hevilla nos alimenta y nos da vidilla”. Es decir, no sólo venden, los Hevilla conversan, comentan, te preguntan por la salud...¡Lo mismo que los hipermercados! ¡Compra y vete! También el Parque Agrario del Bajo Llobregat ha organizado el turismo agrario; la gente va a las fincas, conoce a los agricultores y después se hacen clientes y, tal vez, amigos del que le genera más confianza. En Granada no somos menos; el Vergel de la Vega o el Economato de Ecológicos de Granada te ofrecen visitar las fincas donde se producen los alimentos que comercializan. ¿Es posible que el futuro vaya por esa humanización en las relaciones productor-consumidor? ¡Ojalá!

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Cartel del Economato de Ecológicos de Granada

Los alimentos en la boca y en los sentidos

Pero los productos agrícolas que se comen no sólo nos alimentan por la boca, además, junto a los otros cultivos, crean paisaje, entornos saludables, un lugar ideal para el ocio, caminar, hacer deporte, pintar... Por tanto, entran por los cinco sentidos. Son, en definitiva, alimentos del cuerpo, del alma y de nuestra identidad granadina. Pero la lógica económica manda, para disfrutar de esos servicios tenemos que consumir esos productos para que el agricultor viva dignamente y pueda seguir cultivando y, por ende, creando esos servicios. En resumen; la Vega y sus agricultores nos alimentan de mil maneras, y nosotros los alimentamos consumiendo sus frutos. Es una simbiosis. Nos dan y damos, reciben y recibimos. Es el compromiso de la ciudadanía granadina con la Vega, la despensa de Granada, y con los agricultores que la cultivan.

Dinamizar la economía consumiendo productos cercanos

A estas alturas de artículo mis palabras tal vez suenen a romanticismo. Puede, aunque me da igual, es lo que siento, es mí forma de ver y actuar sobre el territorio. Por ahora no es ilegal. Cambiemos. Hablemos de economía. Javier Calatrava, técnico del IFAPA, nos daba un dato en las Jornadas de Comercialización de productos de la Vega celebradas hace unos meses; el área metropolitana de Granada consume cada año 1.000 millones de euros en hortalizas, verduras y frutas. Si ,salvo productos como plátanos que no hay en estos lugares, el medio millón de habitantes del área mencionada consumiéramos productos de nuestro entorno; ¿cuántos millones de euros no emigrarían y revertirían en la economía granadina? Y si además de esos productos agrarios se hicieran productos elaborados -decía Calatrava que éstos tienen poquísimo peso en la Vega pese a producir ésta tantos alimentos- como mermeladas, repostería, conservas, licores, etc. ¿Cuánto dinero más se quedaría dinamizando la economía granadina?

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Miguel Vílchez, agricultor del Cañaveral, da explicaciones sobre el cultivo de caquis

Si junto a esto que expongo se buscaran formas alternativas de producción -productos de calidad ecológica sin dependencia de la industria agroquímica- y de comercialización, la situación mejoraría mucho más. Consumiríamos productos a partir de semillas autóctonas, tendríamos una alimentación sana que no contaminaría suelos y agua, tomaríamos más conciencia de lo nuestro, mejoraríamos la eficiencia energética al consumir productos cercanos que no necesitan apenas transporte y, también, avanzaríamos en democracia, porque productores y consumidores de la Vega nos convertiríamos en actores de nuestro propio territorio sin ser esclavos ni de multinacionales ni de grandes distribuidoras. Nosotros decidiríamos. ¿Desvarío o estoy en lo cierto?

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ciruelas ecológicas de una finca de la Vega

Pensemos en ello; necesitamos cambios mentales y culturales

En resumidas cuentas, cuando tomamos conciencia del territorio, de lo que significa para nosotros y nuestras vidas. Y actuamos, generamos economía, riqueza, puestos de trabajo, dinamizamos la vega y nos convertimos en protagonistas de los cambios de nuestros lugares. Con lo mal que van las cosas en España, sé que es difícil creer esto, pero estoy convencido de que si apostásemos por nuestros productos, por nuestro territorio y por otras políticas agrarias, otro gallo nos cantaría. En las jornadas de comercialización de productos de la vega citadas reflexionamos, e investigamos con anterioridad, acerca de cómo conseguir que la Vega alimente a la población metropolitana, cómo acercar la Vega a los granadinos y éstos a aquella, cómo establecer un precio justo para productores y para consumidores, qué estrategias hay que seguir, quiénes tienen que ser los motores de estos cambios... Son preguntas que están ahí. Sirva este artículo que acabas de leer para abrir boca; en próximos artículos intentaremos dar respuesta a tanto interrogante. Mientras tanto, sé que será mucho pedir en estos tiempos que vivimos a golpe de titulares y de twitter, pero estas reflexiones son para rumiarlas, para debatirlas y enriquecerlas, y que poco a poco vayan entrando en nuestras conciencias, en nuestra forma de actuar y de ser individual y colectivo, en nuestro estilo de vida. Son los cambios mentales y culturales que necesitamos para avanzar desde lo local hacia otro modelo de sociedad, hacia otras relaciones entre los humanos y de éstos con el territorio que pisamos todos los días.

(1) Cristóbal Hevilla recopiló los correos que envió a sus clientes en el maravilloso libro Diario campesino de familia. Está publicado en Ediciones del Genal.


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